__Cabello de ángel __

 

SALAMANDRIA 15
Revista literaria de este sur
PELO
Cabello de ángel
(texto de Marga Clark)
31/12/2003

 

                        Su larga y abundante cabellera fue el hilo conductor de su paso por el mundo. A menudo acariciaba la sinuosa cicatriz que recorría cruelmente su mejilla izquierda como un aciago recuerdo del pasado. Un mechón de su finísimo pelo se prendió cuando, cerrando los ojos y con un deseo en mente, se disponía a soplar las velas de la exquisita tarta rosada en su séptimo cumpleaños. Creció con un desmesurado complejo de culpabilidad por haber sido su pelo el causante de la perforación de estómago de su perrito Octavio: “Sí, yo le maté”, se acusaba llorosa, ya quinceañera, mientras bajábamos las escaleras del metro para atender la función matinal de Hair en el teatro Albeniz, “se tragó hasta la última hebra de mi larguísima melena cuando una noche, en un arrebato, me encerré en el cuarto de baño y me corté el pelo a trasquilones”. Le costaba creer que este acto de rebeldía le hubiera costado la vida a su adorado perrito. Años más tarde, una mañana azotada por el viento, al torcer apresuradamente por una esquina de Alonso Martínez su sedoso pelo se quedó pegado en la fachada recién pintada de un banco de Barclays. No creo que fuera sólo una coincidencia que el alto ejecutivo que salió a socorrerla era ni más ni menos que su futuro marido. Luego vinieron los hijos, las discusiones, el desencanto, el aburrimiento, los paseos por el Retiro en solitario, y el inevitable encuentro con el hombre de su vida. La larga pestaña que se le metió dolorosamente dentro de un ojo durante uno de sus largos paseos, provocó que otro paseante solidario le ofreciera solícito su pañuelo. No se puede decir que fueran años felices los que siguieron. Desde entonces, siempre que almorzábamos juntas, Elisa encontraba invariablemente hebras de pelo de múltiples tamaños y colores en todos los platos que pedía en los restaurantes más sofisticados. Ella, por supuesto, pensaba que eran suyos, acostumbrados como estaban -sus pelos- a meterse por todas partes, e incluso bromeaba alegando que su vida era una continua tomadura de pelo. Cuando alcanzó la tercera edad se cortó el pelo al rape, porque tenía la extraña sensación de que su vida sin pelos, además de más tranquila, no la precipitaría con tanto apremio a su destino perecedero. Aunque ella misma me confesó, algo desengañada, días antes de su muerte: Estoy casi segura de que todo ha sido un sueño descabellado.

 

 

Marga Clark
17/7/2003