__Las poetas de la búsqueda __

 

Y así perseguían mis ojos las estrías agrietadas de las noches.
Y así me sorprendiste en un momento de debilidad amordazada.
Y fue ese grito violento, ese grito aterrador e inesperado,
lo que provocó el silencio nocturno de las aves.
Y me encontré rodeada de grillos durmientes y ángeles desvanecidos
mientras tu cuerpo desnudo avanzaba perdido entre las aguas abrasadas.

Y así lentamente, sentí la luz abandonarme toda.

***

El mundo había dejado de respirar. El humo y la violencia se habían congelado. El ruido era estático y continuo. Nada se movía pero todo seguía hacia adelante.
Yo estaba allí, creía comprender el porqué del silencio y la ausencia de horizontes. Estaba allí solo y veía más que nunca.
No sabía volver a empezar.

***

Busco la piel oscura de las rocas
el aliento negro del helecho
el olor pálido del bosque
el lloro inquietante del viento.

Busco la voz muda de los mares
busco el vómito del fuego
busco el canto de la encina
busco el pálpito del ciervo.

***

En el olvido mecí mis brazos buscando tu recuerdo.
Y en la bruma herida de tu pelo encontré la tristeza.
Y para alejar el miedo,
recorría tus bosques altivos de tallos tiernos.
Y sin detenerme, perdida, escuchaba tu grito azul
penetrando la tierra.

***

Tu ausencia es la memoria desvelada de tus ojos perdidos en un tálamo de sombras.
Es el furtivo esbozo de tu sonrisa desnuda.
El olor de tu nombre.
Tus manos temblorosas apretando el destino en mis hombros golpeados.
Es tu mirar desvanecido en mi interior.

(Del sentir invisible 1999)

 

Por eso viniste,
a encenderme más la oscuridad delirando silencios,
lamiendo con tu lengua danzarina mi saber perdido,
mi conocer sin entender la noche ni la palabra.

Por eso viniste,
a iluminar mis huellas,
a dilatar mi soplo,
a apaciguar mi herida.

***

Busco tu voz siempre escondida
entre los nardos y las rocas.
Ya no deseo andar junto a la muerte,
siempre tan unidos.
Intuyo tu vacío invisible, inalcanzable.

Te escucho porque no hablas.
Te busco porque no existes.
Te encuentro porque no eres.

(Auras 2001)

***

Porque la herrumbre me corroe
y la niebla me humedece.
Porque comienzo mi vuelo
y la obscuridad me hiere.
Porque no busco mi nombre
ni presiento la palabra.
Porque me pierdo en tu risa
y ya no escucho tu canto.
Porque la lluvia no llora.
Porque ya no encuentro el sauce.
Porque asciendo hacia el silencio.
Por eso...
Por eso...

***

Tiemblan esperanzadas las corolas.
Alzan lento su vuelo los palomos.
Y en la oquedad esquiva de los muros
palpo el hálito gris de tu memoria.
¿Dónde encuentro el fulgor de tu mirada?
¿Dónde encuentro tu voz?
¿Dónde tu risa?
Tu cuerpo enmohecido lo esconde el sauco.
Tus manos tan vacías yacen perdidas.
¿Dónde queda el dolor
¿Dónde la herida?
Yo vi el ave celeste cruzar mi vida.
Sangró mi corazón su flecha herida.
Yo vi hojas de acanto,
zarzas y espinas.

***

Vuelves,
regresas al húmedo útero de la lluvia.
Desciendes,
bajas lento, más lento, más profundo
hasta penetrar la entraña cóncava, insondable,
hasta tantear el embrión perdido del vacío.

Luego descansas,
sacias tu sed
con el amargo semen de la nada
y abandonas tu semilla
en mi cimiento malva.

***

Descenso
inerrante, amortajado.
Entumecido mármol desgajado.
Descenso
lento, imperturbable,
despojado de luz
y de deseo.
Descenso
hacia tu centro:

Orificio del vértigo.
Resquicio enmudecido.
Fisura turbia del olvido.

***

Huyen las palabras asfixiadas
por el fuego de tu sombra.
Se refugian en tu boca entreabierta.
Recorren extenuadas tu lengua desértica,
despojada de humedades.
Llegan a tu gélida garganta.
Se ahondan en el vértigo de tu precipicio obscuro.
No hay aliento
o estertor que te delate,
el sonido yace solo,
amortajado.

(Pálpitos 2002)


Escribo para encontrar luciérnagas en la noche
para apagar la sed que inunda mis sentidos
para deshelar la memoria de las flores,
devorar el alma de Narciso.

Escribo para contemplarte en mis espejos
-añicos de mil rostros mutilados-
fingir que soy orilla, agua, fuego,
rozar lo azul del viento con mis versos.

Y en esa arena fiel de tus entrañas
sentir el velo malva de tu río.
Probar la fruta ardiente del cerezo.

(Inédito: El olor de tu nombre)

Marga Clark
12/2002