__Roma, paseos por la eternidad __

 

Presentación de: ROMA, PASEOS POR LA ETERNIDAD
Saló del Tinell
26/3/ 2001


           
            He contemplado la ciudad de Roma desde las alturas de una de sus colinas, El Gianicolo, donde viví durante nueve meses como becaria en la Academia Española de Historia, Arqueología y Bellas Artes. Era todo un privilegio amanecer con la ciudad de Roma desperezándose a mis pies, el Tempieto de Bramante y San Pietro in Montorio extendiéndose por mi brazo derecho. San Pietro en el Vaticano y sus jardines recorriendo mi brazo izquierdo, y un cielo esplendoroso (por supuesto cuando no llovía, lo cual sucedía muy a menudo) iluminando mi cabeza. Este estado de quasi hipnótica felicidad, entre comillas, era afortunadamente interrumpido por las innumerables campanadas de las iglesias y basílicas de los alrededores. Sin embargo, la armonía, esa armonía tan presente en el libro de Valentí, (que si lo leéis con atención veréis como se irá apoderando de vosotros lentamente), también la disfrutamos nosotros -unos cuantos elegidos- que vivíamos como pequeños dioses en una especie de olimpo, que era la academia, separados de los pequeños problemas cotidianos de los simples humanos y su ciudad. Sin embargo, cuando bajábamos la interminable escalinata que nos conducía al encantador y popular barrio del Trastevere, nos íbamos despojando poco a poco de esa postiza divinidad para encontrarnos cara a cara con la muy humana ciudad de Roma.

            He de confesar que la realidad visible que me rodeaba se hacía un poco dura al principio. No hace falta mencionar los irritantes detalles porque cualquier visitante a Roma ya lo ha experimentado. Y muchos pensarán que esto ocurre exactamente igual en cualquiera otra ciudad actual. Pero como el italiano es esencialmente exagerado, todo en esta ciudad: el ruido, el tráfico, la contaminación, las multitudes, etc., todo parece estar multiplicado por dos.

            Sí, era duro bajar del Olimpo para adentrarte en ese alboroto ensordecedor. Pero en mi perplejidad y agotamiento me di cuenta de que el caos era el precio iniciático que el visitante a esta ciudad tiene que pagar para poder llegar a contemplar, o mejor, para poder ser merecedor de ese orden y de esa armonía que sólo se encuentra en esa otra realidad invisible que nos ofrece la ciudad, y poder así escuchar la melodiosa respiración de la memoria de un pasado que yace latente en los museos, basílicas, necrópolis, jardines, piazzas y palazzos. Es precisamente este caos el que te empuja a buscar estos límites de lo invisible. El que hace que la sombra sea luz, y los gritos susurros. Y una vez traspasada esa barrera que separa estas dos realidades: la visible de la no visible, nos ponemos en contacto con la entraña, el cimiento, la raíz, y es entonces cuando vemos la verdadera realidad de Roma. La Roma sagrada, mítica y atemporal. Todo este mundo oculto y mágico forma el armazón, el esqueleto óseo, donde se apoya la caótica realidad visible de esta ciudad que desafiando a los dioses se ha autoproclamado eterna.

            El poeta Antonio Gamoneda una vez me dijo: Es en la invisibilidad donde se engendra la visión. Y yo si se me permitiera continuar la frase os diría: y es en el corazón de lo invisible donde se genera el sentir. Y fue allí, en esa silenciosa desnudez, donde empecé a ver y a amar a Roma por primera vez.
           
            De manera que yo aconsejaría al visitante, no sólo de Roma, sino de cualquier otra ciudad, que vea más allá de lo visible, oiga más allá de lo audible y sienta más allá de lo sensible. Pues si la oscuridad última es la luz, y el vacío la forma última de la plenitud, asimismo el caos es la antesala del orden y de la armonía.

            No me extenderé en ninguna otra explicación sobre las innumerables maravillas de la ciudad de Roma, ya que estoy acompañada en esta mesa de voces mucho más preparadas y eruditas que la mía. Pero sí quiero mencionar como algo extraordinario por su valor mágico, fresco y genuino, los dibujos de Valentí, en la cubierta y a través del libro, que nos inspiran y nos transportan desde la primera página hasta la última como si del mismo soplo de Venus se tratara. Y con esto les doy las gracias y termino.

Marga Clark